incomunicacion

A este paso, habrá Parlamentos e instituciones virtuales en los que la videoconferencia garantizará el quórum de esos diputados y concejales con derecho a voto y físicamente ausentes. 

MIGUEL ÁNGEL ROJO.

Lugar: Restaurante “Parque del Ebro”

Fecha: 22 Febrero de 2001

Horario: 20:00 horas.

Miguel Ángel Rojo

Nació en Madrid, aunque reside en Logroño desde corta edad.rojo
Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra en 1977, inició sus practicas periodísticas a los 16 años en la edición riojana del desaparecido rotativo La Gaceta del Norte.

Ha colaborado en Cicerone Riojano, Europa Press, El Periódico de Cataluña y otras publicaciones.

Pertenece a la plantilla de El Correo Español desde hace 22 años, en los que ha trabajado en las delegaciones de Rioja y Álava, alternando los puestos de responsabilidad con el trabajo de mesa y de calle. En los últimos años ha cubierto la información municipal en el Ayuntamiento de Logroño y, desde hace meses, centra preferentemente su trabajo profesional en la elaboración de reportajes y entrevistas.

Dentro del programa Prensa Escuela, ha ofrecido numerosas charlas en colegios e institutos para orientar y asesorar a profesores en la elaboración de publicaciones escolares.


LA INCOMUNICACIÓN

Por Miguel Ángel Rojo

Los cafés de tertulianos han desaparecido. Lugares que se convirtieron ­ según Galdós ­ en una gran feria en la cual se intercambiaban infinitos productos del ingenio humano. El café era la Universidad del español, a juicio de Unamuno. Gentes ingentes como Ramón Gómez de la Serna, Cela o Umbral los vivieron y describieron. En ellos cuando alguien peroraba o incluso pontificaba hacia un silencio de misa. En el Café Gijón las tertulias llegaron a estar diversificadas: la de los pintores, la de los escritores y la de los actores, la de los existencialistas, la de los poetas, la de los modistos y maniquís.. En el logroñés Café Los Leones convivía la gallofa bohemia con la intelectualidad local.

Ya no existen los cine-fórums, en los que se diseccionaba con precisión de cirujano la última película de Pasolini o Bergman de la mano de Manolo de Las Rivas o Santiago Gil de Muro. La banca electrónica invita a enviar la atención presencial en la oficina de siempre. Nos animan a comprar los cogollos de Tudela y la leche desnatada por internet. Nos autoservimos la gasolina y empezamos a tener dificultades para preguntar a un empleado de Repsol por un desvío de carretera comarcal. Las empresas empiezan a utilizar la videoconferencia con sus clientes para reducir las dietas y los gastos de representación de sus ejecutivos, que cada vez inflan más el capítulo de ‘varios’ en las liquidaciones.

Ciertos medios de comunicación han adoptado una actitud autista e informan un día sí y otro también de sus guerras mediáticas, por mandato de sus accionistas, esos ‘magnates del aire’. El objetivo final es adueñarse del césped virtual. La sección de cartas al director de los periódicos es, generalmente, una liliputiense anécdota tipográfica sometida frecuentemente a la guillotina.

En la radio, tertulianos de discursos embotellados, encantados de haberse conocido y que se creen a pies juntillas, intentan pasear su falsa cátedra mientras la participación del oyente, al que sólo se le deja meter en antena de vez en cuando un monosílabo, dura el tiempo de una cuña. Me estoy refiriendo a algunos popes de sospechosa rotundidad que, si no se remontan, no saben hablar y que una de dos: o lo saben todo sobre casi nada, o, por el contrario, no saben nada sobre casi todo. Un consejo: en caso de duda sobre el futuro laboral de vuestros hijos, debéis animarlos a que se hagan tertulianos u opinólogos, oficios de los que se sale remuneradamente del ostracismo.

La relación entre gobierno y oposición está cortocircuitada y dialogan sólo intercambiando dicterios políticos a través de las ruedas de prensa, transformando a los periodistas en correveildiles. Por lo demás, a nadie se les escapa que, cuando se gobierna, existe la tentación de intentar cloroformizar y anestesiar a la opinión pública con mensajes unidireccionales o tamizados. Eso también es incomunicación porque pensamiento único es igual a pensamiento nulo.

Esa siniestra tendencia de los gobiernos a meter la mano ­o la menos intentarlo- en los medios de comunicación se termina. Lo dijo Miguel Angel Rodríguez, ex-portavoz monclovita: no es necesario que un gobierno compre medios; basta con que sea su mejor cliente. Quizá políticos y periodistas confraternizan, yantan y liban juntos con demasiada frecuencia.

Los jóvenes se decantan por el lenguaje onomatopéyico y utilizan claves secretas de agente 007 en los mensajes con sus móviles para relacionarse y, de paso, que no se les escuche la charleta. Nuestros hijos se aíslan en la habitación-zulo de su casa con los ‘walkmans’ machacados en las orejas, el chateo en internet o la consola interactiva de ‘Play Station’.

No se habla en el círculo familiar.

Las conversaciones entre padres e hijos se mueven entre la excepcionalidad y la banalidad, como ha alertado el experto Javier Elzo. El común de los hijos responde así cuando el intruso padre o la madre le pregunta aquello tan socorrido de ¿dónde has estado?: ‘Por ahí’. En un alarde de desparpajo verbal, llegará a agregar: ‘Por ahí, con la peña, como siempre’. El adolescente actual tiene un exagerado sentido de la privacidad.

Dice Elzo que, mientras en la familia patriarcal se tenía la autoridad asignada por tradición, en la actual, más democrática, se tiene que ganar por ética y esto requiere mucho esfuerzo. Por eso muchas veces los padres ceden al chantaje infantil o juvenil. En resumen, se está dando una confusión entre educación no autoritaria y compañerismo e incluso ‘colegueo’ porque los padres no dan normas a los hijos.

Tal vez, como apunta el sociólogo vasco, los padres tiene miedo de aparecer ante sus hijos como alguien que no tiene las ideas medianamente claras, máxime cuando algunos de ellos están superados por la vertiginosa velocidad de los cambios culturales, o no entienden las nuevas maneras de disfrute del tiempo libre de los jóvenes de hoy.

En las casas se ha perdido esa charla de sobremesa o de mesa camilla, o la reunión sabatina ante el palé o el parchís. El trivial llegó tarde. Ya no se junta la familia para ver la televisión. En cada habitación, un miembro de la familia y una pantalla. En los cibercentros reina un silencio sepulcral, impropio de adolescentes. Cada joven está ensimismado con su máquina mandando a mejor vida a marcianitos o jugando al rol con un imaginario compañero de juego. Los jóvenes, esa generación de pantalleros, son los héroes de la nueva economía.

Antes se hablaba más, aunque el personal desganado se acogiera a diálogos de córrala de Arniches. ¿Qué? ‘Pues a la fresca, pollo’. ‘Y que fresquito se está aquí con el botijo’. ‘Pues sí, prenda’.

Cada español recibe una media de cien cartas al año, pero la mayoría corresponden a extractos bancarios, invitaciones de planeta con supuesto regalo bisutero y notificaciones de multas del SAV.

La carta de amor, la misiva amatoria, ha concluido su trayectoria histórica. Hay gente que ahora se declara chateando en internet, por correo electrónico y, lo que es más indecente, por fax. Uno no puede expresar su enamoramiento apretando un botón y mientras un indicador del aparato te advierte que ‘hay que cambiar el tambor pronto’. Eso no son formas. Asusta pensar que durante un tiempo, las cartas viajaron más rápido que las personas y que hoy, amigos, se nos ha olvidado escribir a mano.

Hay una seria incomunicación cuando 60 personas mayores de toda condición dejaron sus viviendas y pasaron juntas la última Navidad en un centro de Plencia para combatir la soledad y a la búsqueda desesperada de un espacio afectivo. Hay incomunicación cuando el Teléfono Dorado de Logroño algunos ancianos llaman a los voluntarios sólo para darles los buenos días y comentarles a éstos que amanecieron vivos, que siguen ahí.

En plena Sociedad del Conocimiento y de la Información el Teléfono del Menor descolgó el pasado año 140.000 llamadas, algunas de ellos denunciando abusos familiares. En los hospitales, algunas personas de edad pasan su enfermedad o agonía sin la presencia física de familiares a pesar de que, tenerlos, los tienen.

Y, claro, internet. Hace dos semanas aparecía en ‘El País Semanal’ una reveladora carta del tema que nos ocupa. Un joven vigués señalaba textualmente: ‘soy uno de esos pocos humanos que todavía siguen creyendo en la necesidad de la proximidad física para que exista una verdadera comunicación. No niego que el chat haya significado un verdadero descubrimiento para aquellas personas que no son capaces de afrontar la mirada directa de su interlocutor. Tenemos miedo a desagradar. Pese a ello, sigo prefiriendo chatear (de tomar vinos) en una tasca de pueblo con cinco o seis amigos arreglando el país, que ligar con una chica cieberguay’.

Castilla del Pino, que no es precisamente un profesional advenedizo, ha alertado sobre las psicopatologías que está provocando el mal uso de internet, y que están siendo reconducidad en su consulta. Psicopatologías que no tienen nada que ver con la compra de medicamentos ‘on line’, sin control médico, desde Viagra a anabolizantes o ansiolíticos. Casi todas se refieren a la gente que pide relaciones y se definen como lo que no son. Le pasó a una chica, cuya petición fue atendida por más de mil hombres. Todos estaban simulando, porque disfrazarse en la red es fácil y lo peor del caso ­ cuenta- es que la instigadora había sido la madre de la chica, preocupada por la inhibición de aquélla.

A este paso, habrá Parlamentos e instituciones virtuales en los que la videoconferencia garantizará el quórum de esos diputados y concejales con derecho a voto y físicamente ausentes. Nadie conoce al vecino del quinto ni le importa. Ya casi no hay porteros de fincas urbanas con los que hablar de anticiclones.

En los centros de enseñanza se asiste a una incomunicación tras la pérdida de autoridad del profesor, que no es Superman y carece de herramientas para atajar las intimidaciones y conductas antisociales del alumno violento. En los institutos sólo existe relación cerrada entre alumnos de una misma tribu urbana. En Estados unida uno de cada cuatro institutos dispone de un detector de metales para interceptar armas. Esperemos que la inquietante tendencia a la militarización no alcance a los institutos carpetovetónicos. ¿Se imaginan?. “¿Eh! Menéndez. ¡Arriba las manos!”.

De este silencio ensordecedor en las relaciones humanas tiene también bastante culpa la televisión, plagada de casposas mesas redondas en las que rinde culto al paisanaje más garbancero. Mientras en toda Europa predominan y funcionan con éxito las tertulias sobre la vida cotidiana, y no lo digo yo sino el experto Juan Cueto, al frente de la división internacional de Canal plus, aquí el referente son inclasificables personajillos de cuarto y mitad. Programas como ‘Tómbola’ evidencian la penuria cultural de este país y presentan a la España real frente a la España oficial.

Contamos con una televisión o televisiones que provocan nuestro adormilado ‘voyeurismo’ para que no pocos pasen horas de mirones en buses y casas artificiales escuchando tonterías de algunos jóvenes anodinos que tienen poco que contar porque, eso, son anodinos, no porque sean jóvenes, porque los hay con los que da gusto hablar, a pesar de que su tramo vital aún sea demasiado corto. Una televisión, en fin, que frena cualquier dialogo familiar porque siempre hay algún hijo que prefiere oír a Aly Mcbeal en un juicio al juicio u opinión de un padre o de una madre.

Como se suele decir, no impongo ni propongo: sólo expongo. Y expongo con un tono critico, deliberadamente exagerado y algo pesimista, pero este modesto profesional ‘juntapalabras’ no ha venido a este foro cívico a contar y cantar bondades. No he sido invitado a contar las bondades de internet a la hora de estudiar una carrera a distancia, denunciar violaciones de los derechos humanos, catástrofes medioambientales, linchamientos o actitudes xenófobas o, simplemente, su eficacia para enseñar al que no sabe. No es momento de contar que internet está siendo capaz de romper fronteras culturales. O de recordar que con él uno puede hacerse cosmopolita desde el cultivo de lo provinciano. De hecho el poder de internet asusta tanto a los gobiernos que se aprestan a tomar medidas para someterlo a sus intereses.

Hablamos de la incomunicación que pueden provocar las nuevas tecnologías, sí, pero no deja ser un déficit de una sociedad civilizada y razonablemente pudiente. Porque, ¿habéis pensado si cabe mayor incomunicación y soledad que la desestructuración familiar que provoca la inmigración, con niños ecuatorianos, magrebís o polacos que crecen sin la presencia de su padre o madre, o de ambos?. Pero este es sólo un apunte a vuelapluma de un tema que, sin duda, merece una atención monográfica en otro foro.

Y termino ya, sufridos escuchadores, porque, como apuntaba el dicho popular, largos sermones más mueven culos que corazones.

Muchas gracias por vuestra paciencia y espero que estas apresuradas pinceladas sirvan para favorecer la reflexión y el debate llevado ‘sin acritú’.

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